Le rayon vert (Éric Rohmer, 1986)

Pocas películas han comenzado a tal nivel de banalidad para ir remontando gradualmente y, de pronto, a partir de una determinada escena -la de la terraza-, echarse a volar hacia lo sublime. Esta estructura emotiva es una apasionante novedad en el cine de Rohmer, que tiende a la uniformidad y que en los últimos tiempos -pese al esplendor de Les nuits de la pleine lune (1984), quizás por la extraña presencia de Pascale Ogier, desaparecida justo después- daba muestras de estancamiento, de las que Rohmer era consciente. Y no se trata de una estrategia pensada para complacer al espectador –de hecho, más de uno se aburrirá antes de que la película despegue-, sino consecuencia de su naturaleza improvisada y su rodaje estrictamente cronológico: al principio, los actores aún no se han hecho personajes, y los espectadores no contamos con información suficiente acerca de éstos; como, además, se nos suministra en pequeñas dosis, mediante muy breves secuencias aisladas que van dibujando una la elíptica crónica del paso de los días, sólo cuando han transcurrido (en la ficción) varias semanas y cerca de media película empiezan a cobrar cuerpo cuando la acumulación es bastante, Le rayon vert se pone a verdaderamente en marcha: las escenas se alargan e intensifican, parece como si la mirada de Rohmer se agudizase y le permitiese profundizar más en el personaje de Delphine, con el que a partir de entonces Marie Riviere se confunde. Todo se acentúa: la gama de colores, el ritmo, los movimientos de cámara abandonan la fría exposición realista, la crónica externa y fragmentaria, y se lanzan directamente a la aceleración estilizada del poema, revelando un Rohmer que, súbitamente, se aproxima a sus admirados Murnau y Rossellini en sus obras más carnales y urgentes. Por otra parte, hay que advertir que la supresión de la fase previa de la escritura y la improvisación en nada afectan a la limpidez y precisión de las imágenes y los relatos de Rohmer: como todas sus obras precedentes, Le rayon vert permite respirar a pleno pulmón en el cine, cosa hoy tan infrecuente como merecedora de gratitud.

(Cine nuevo, nº 6, diciembre de 1986, p. 42)

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Le rayon vert (Éric Rohmer, 1986)

Les carabiniers (Jean-Luc Godard, 1963)

Si toda película sobre la guerra, por realista que sea, no nos da de ella más que una imagen y, por lo tanto, al privarla de su realidad y reducirla a un reflejo más o menos pálido, nos la hace soportable, admisible incluso, resultará que cualquier película antibelicista que se mantenga dentro de los límites del naturalismo será, en mayor o menor medida, ineficaz. Tal vez sea honesta, excelente como película, pero no será verdaderamente un film contra la guerra; este es el caso de, por ejemplo, Men in War (1957), de Anthony Mann1.

Les carabiniers (1963), en cambio, abandona cualquier mimetismo y nos da una visión “irreal” de la guerra que, a fin de cuentas, resultará más fiel a la idea que de ella se hace su autor y que, en consecuencia, tendrá una mayor eficacia en su propósito. Tomando como regla una frase de Brecht, “el realismo no es como las cosas verdaderas, sino cómo son verdaderamente las cosas”, Godard ha procedido a despojar la guerra de toda su fanfarria y de todos aquellos elementos que pudieran justificarla. De esta forma, Godard ha renunciado a darnos una imagen de la guerra, a reproducirla, para mostrarnos tan sólo una idea de la guerra. Para ello, Godard ha introducido en su estilo una serie de variaciones que si en 1963 podían sorprender (ya que tan sólo la reflexión sobre sentimientos políticos de Le Petit Soldat, 1960, y la división en capítulos de Vivre sa vie, 1962, las habían apuntado), hoy resultan perfectamente comprensibles, ya que casi toda la obra de Godard posterior a Pierrot le fou (1965) es un desarrollo de la tendencia que inauguró Les carabiniers (véase a este respecto Weekend, 1967).

En consecuencia, los personajes de la película están completamente deshumanizados, tanto a través de la total ausencia de datos psicológicos y biográficos, como del sentido animaloide dado a la dirección de actores (del que Juross es el máximo exponente). No cabe, pues, la recuperación humanista (o humanitaria) de la que ha sido objeto incluso Skammen de Bergman -pese al carácter abstracto y posiblemente imaginario de la guerra presentada-, consistente en lamentar los males de la guerra y la degradación que produce sobre los seres humanos. Al no ser ni Ulysse, ni Michel-Ange, ni Cléopâtre, ni Vénus, ni los carabineros del Rey, ni sus víctimas2 seres humanos no hay degradación posible. Reducidos los personajes a sus actos bestiales y absurdos, al espectador le resulta imposible identificarse con ellos o compadecerlos.

En estrecha relación con esta postura, encontramos una serie de factores (fragmentación narrativa, elipsis brutales, desarticulación rítmica, supresión o excesivo volumen del sonido, numerosos carteles, música discordante y discontinua, introducción distanciadora del “cine dentro del cine” que nos impide olvidar nuestra condición de espectadores y que lo que estamos viendo no es más que un film), cuya misión es la de colocar al espectador en una situación molesta, impidiéndole entrar en la película o instalarse ante ella tranquila y pasivamente. La pertinaz falta de belleza de sus imágenes, la frialdad de la planificación (de una sencillez que evoca a Lumière, Chaplin o Griffith), los constantes saltos y rupturas de su línea narrativa, las salidas de tono, el humor chirriante (muy cercano a Jarry) y la dilatación abusiva de algunas escenas3 dificultan la fascinación estética y hacen imposible que nos dejemos llevar por la película. Un texto con frecuencia indignante4, una serie de violentos zooms, apagones de la imagen, insertos de documentales de guerra auténticos5 y un planteamiento exclusivamente materialista, que presenta a los seres vivos y a los cadáveres como meros objetos, colocan al espectador en una postura incómoda, ya que se le distancia sin permitirle por ello que asuma la siempre reconfortante y autosatisfactoria posición del juez lúcido y omnisciente que contempla con superioridad a unos personajes grotescos, sino que le obliga a permanecer a un nivel excesivamente cercano al de éstos. El film se convierte entonces en un objeto arrojadizo que naturalmente, irrita a los inconscientes y a los belicistas, y que no puede dejar tranquilo a nadie, porque ni defiende al Hombre, ni ofrece soluciones, ni grita consignas pacifistas. Les carabiniers no es un film sobre la polícita, es un acto político y el primer film contra la guerra de la historia del cine.

(Nuestro cine, nº 93, enero de 1970, pp. 70-71)


1Dejo de lado a todas las películas pseudo-pacifistas como The Victors (1963), de Carl Foreman, o The Long Day’s Dying (1967), de Peter Collinson, como a las belicistas tipo The Green Berets (1968), de John Wayne, Ray Kellogg, Mervyn LeRoy y Andrew V. McLaglen, o Dark of the Sun / The Mercenaries (1967), de Jack Cardiff, e incluso los films de guerra que pueden ser más o menos honrados y dar una imagen de la guerra que, a veces, resulta muy antibelicista, como ocurre en Merrill’s Marauders (1962), de Samuel Fuller, o más o menos ambigua, como Sergeant York (1941), de Howard Hawks.

2A excepción de la bellísima guerrillera comunista (Odile Geoffroy) que cita a Lenin y recita una fábula de Mayakovski antes de ser fusilada, en una escena inolvidable.

3Como la grandiosa y capital de las tarjetas postales que establece el vínculo entre el infrahumano nivel mental de los personajes, la confusión entre las imágenes y los objetos que representan y el bombardeo publicitario a que Ulysse, Michel-Ange y la familia se ven sometidos. Su sentido es equivalente al de la escena del cine.

4“Ulysse y Michel-Ange escriben desde el frente a su mujer y a su hermana. El texto de estas cartas está copiado palabra por palabra de cartas de soldados cercados en Stalingrado, de una carta de un húsar de Napoleón durante la campaña de España y, sobre todo, de circulares de Himmler a sus diversos jefes de grupos de combate, tal como están citadas en una reciente “Histoire de la Gestapo”, de Jacques Delarue. Algunas frases están extraídas de documentos publicados por “France-Observateur” y “L’Express” relativos a la correspondencia del equipo Lacheroy-Argoud-Godard (¿qué le puedo hacer?) en sus tiempos de gloria. La mayoría de estos textos son, en efecto, de una terrible pobreza, de una triste y molesta crueldad.” (J.-L. G., en Feu sur les Carabiniers, en Cahiers du Cinéma, nº 146, p. 4.)

5“El malentendido proviene simplemente, creo yo, de que he filmado la guerra objetivamente, a todos los niveles, comprendido el de la conciencia. Pero la conciencia es siempre subjetiva, en un grado más o menos grande (…) Y todas las películas, y en particular las de guerra, han jugado con esto. Eso explica que el mismo muerto de noticiero moleste al espectador de Les carabiniers, mientras que encanta al de Mourir à Madrid. Le molesta porque sigue siendo lo que es, insignificante, es decir, sin significación, mientras que Mourir à Madrid se le da una significación, una vida tal vez semejante, tal vez diferente a la suya. A eso le llamo trucar -incluso con las manos puras-, porque hacer un film de noticiarios no es robar la vida que duerme en los blockhaus de las cinematecas, es despojar la realidad de sus apariencias devolviéndole el aspecto bruto en el que se basa a sí misma; buscando a la vez el instante que cobrará sentido” (J.-L. G., op. cit.)

Les carabiniers (Jean-Luc Godard, 1963)